Cuento número siete.


   Pianno. Mis manos se hunden en las teclas con mimo al principio, acariciando cada pieza con una delicadez extrema. Como si tuviera miedo a que el piano no fuera real y que un golpe en bruto lo destrozara por completo, haciendo que no pudiera disfrutar de él nunca más. Notas dulces que suenan como un susurro en tu oído. Que te recuerdan a una brisa de verano. Al agua fría del mar haciéndote cosquillas en los pies. O a esa mirada que más de una vez ha sido la culpable de que esa enorme sonrisa se plasmara en tu cara. El simple roce de la palma de su mano en tu cintura. O el viento jugando con tu pelo mientras aceleras por la carretera.
  
  Fortte. A medida que los recuerdos pasan, mis manos avanzan hacia el otro opuesto del piano, donde están las teclas graves. Esas teclas que te hacen recordar las noches pensando que si todo era real, recuerdos que te invitan a pensar si todo eso alguna vez tuvo significado para la otra persona. Recuerdos oscuros, angustiosos. Que hacen que la alegría que sentía en mi interior pase por un cambio que mezcla la tristeza con la rabia. La gente es cobarde, tanto que son capaces de irse sin decirte nada, después de haber compartido contigo una de las etapas más importantes de tu vida. Y que ahora, en vez de recordarla con alegría la recuerdas con una desagradable sensación en el estómago, parecida a las ganas de vomitar. Sí, a veces eso es lo que quiero, vomitar todas esas promesas, esas miradas y esas sensaciones. Vomitarlas y echarlas de mi vida.
  
  Cuando me doy cuenta me veo aporreando el piano  con violencia, haciendo sonar una melodía cargada de nostalgia, mientras las lágrimas van cayendo sobre las blanquecinas piezas y colándose hacia el desgastado interior del instrumento. Apoyo los codos sobre el piano, tapándome la cara con ambas manos, sollozando con fuerza, tanto por los recuerdos que por lo estúpido que me parece estar así. Unos cálidos brazos me aferran por detrás sintiendo una inmensa tranquilidad al instante y entre las lágrimas que avanzan  trepidantes por mi rostro asoma una pequeña sonrisa.
-Nada es para siempre, ni siquiera el dolor –Musita en voz baja Meli, cuando se sienta a mi lado, apoyando su cabeza contra la mía, haciendo que su pelo rubio se mezcle con mi ígnea melena. Y simplemente,  su presencia y esas escasas palabras, hacen que vomite todos esos recuerdos.


(aquí, pequeños lectores, os traigo el prefacio de mi querida novela Búscame en tus ojos :)





3 comentarios:

  1. La música, puedes expresar tantas cosas con ella..
    Un texto real y precioso, Momo, como todo lo que escribes, te hace sentir :)
    (Me paso mucho por tus blogs, lo que pasa es que no tengo tendencia a comentar, me da bastante verguenza)
    Un abrazo fuertefuerte :)

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  2. Hacía muchísimo tiempo que no leía algo de esta historia que tanto guardas (y entiendo porqué). El proceso por el que la protagonista (¿sigue llamándose Nicki?) va cambiando (y me ha parecido bastante acertado y preciso el que incluyas conceptos musicales, que hacen referencia a la intensidad de la melodía) a medida que va recordando.
    Lo que sí añadiría son más párrafos, dado que has conseguido exteriorizar con bastante agudeza los sentimientos del personaje, el separarlo en porciones más pequeñas también le da cierto ritmo a los sentimientos; los va colocando según las pausas que haga al pasar de un recuerdo a otro.
    El uso de la puntuación incrementa el valor de la lectura.

    =) Me alegra mucho (pero mucho) volver a leerte a través de esta historia con la que, prácticamente, te conocí.

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  3. Cómo me identifico con esta historia. Sí, es lo que suele decirse, pero en mi caso es así. También yo toqué el piano muchos años, y también yo lo utilizaba como instrumento de recuerdos. Cada tecla era un sentimiento y... bueno, no puedes evitar a veces culparlas de tu dolor.

    Me gusta cómo construyes los sentimientos del personaje en torno a tus teclas, y concuerdo con Mont: más párrafos "diseccionarían" mejor el interior del protagonista. Por lo demás, muy Momo; muy genial.

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